Me gusta el chocolate amargo, los tragos fuertes y el amor suavemente. Porque no hay nada mejor que dejar que una gota de sabor desate una explosión de pasiones en tu boca desde el primer mordisco, que al beber sientas que se te quema la garganta mientras se incendia el alma y que el amor se despliegue en miles de caricias que llevan a un juego en que parece que el objetivo es no hacerlo más que conseguirlo. Porque, en el sexo, al contrario del caso de las golosinas y el licor, lo magnífico siempre será el exceso.
Y luego deslizarse en ansiedades, movimientos, situaciones, hasta que, al borde del desequilibrio, te entregues a la intensidad de un salvaje encuentro que se prolongue en miles de minutos, poses y aullidos, para terminar hundidos en temblores, bañarse y dormir con el cuerpo agotado y el alma liberada.
Me gusta el chocolate amargo, los tragos fuertes y el amor suavemente. Porque no hay nada mejor que dejar que una gota de sabor desate una explosión de pasiones en tu boca desde el primer mordisco, que al beber sientas que se te quema la garganta mientras se incendia el alma y que el amor se despliegue en miles de caricias que llevan a un juego en que parece que el objetivo es no hacerlo más que conseguirlo. Porque, en el sexo, al contrario del caso de las golosinas y el licor, lo magnífico siempre será el exceso.
Y luego deslizarse en ansiedades, movimientos, situaciones, hasta que, al borde del desequilibrio, te entregues a la intensidad de un salvaje encuentro que se prolongue en miles de minutos, poses y aullidos, para terminar hundidos en temblores, bañarse y dormir con el cuerpo agotado y el alma liberada.
Este julio raro, tan poco Quito y tan estropicio de verano, me ha arrojado a un placer que el emburrecimiento laboral me había hecho casi olvidar por completo. La mañana estaba oscura y tuve que volver a tomar mis busos de cuello tortuga emocionadamente colocados en el fondo del cajón la semana pasada, cuando salí a dar cabriolas en el parque como lo hacía en los primeros días del verano de los primeros años de mi adolescencia.
"Ojú, qué frío", me dije mientras me sentaba frente al murmurante monitor para trabajar y aquel pequeño verso sonó en mi cabeza con la voz que un día me hizo llorar en clase de literatura española en la universidad. Conocí este poema en la voz de Iván Carvajal en un aula de la Universidad Católica. Desde aquel mismo instante, amé el Hierro lacerante que lo había creado.
LOS ANDALUCES
Decían: “Ojú, que frío”;
no “Que espantoso, tremendo,
injusto, inhumano frío”. Resignadamente: “Ojú,
que frío...” Los andaluces...
En dónde habrían dejado
sus jacas; en dónde habrían
dejado su sol, su vino,
sus olivos, sus salinas.
En dónde habrían dejado
su odio... Parecían hechos
de indiferencia, pobreza,
latigazo... “Ojú, que frío”.
Tiritaban bajo ropas delgadas,
telas tejidas para cantar y morir
siempre al sol. Y las llevaban
para callar y vivir
al frío de Ocaña y Burgos,
al viento helado del mar
del Dueso... Los andaluces...
Éstos que están esperando,
desde Huelva hasta Jaén,
desde Jaén a Almería,
junto a las plazas de cal
y noche, deben de ser
hijos de aquellos. Esperan
que alguno venga a encerrarlos
entre rejas. Como aquellos,
no preguntarán por qué.
No se quejarán de nada.
Ni uno se rebelará.
“Las cosas son como son,
como siempre han sido, como
han de ser mañana... Ojú,
que frío...” Los andaluces...
Apenas dejaban sombra,
sonido, cuando pasaban.
Se borraban sus cabezas.
Tan sólo un inmenso frío
daba fe de ellos. Y aquella
dejadez que rodeaba
su fragilidad. Más solos
que ninguno, más hambrientos
que ninguno... (Deseaba
que odiasen, porque los vivos
odian. Los vivos perdonan.
El hombre es fuego y es lluvia.
Los hace el odio y el perdón.)
Indiferentes: “Ojú,
que frío...” Los andaluces...
Un grano de trigo. Una
oliva verde. (Guardad
el aliento de la tierra,
el parpadeo del sol
para ayer, para mañana,
para rescataros...) Quiero
que despierten del pasado
de frío, de los cerrojos
del futuro. Todo está
tan confuso. Yo no sé
si los veo, los recuerdo,
los anticipo...
Hace pocos
kilómetros tuve aquí,
en mi mano, la madeja
de los días. La emoción
de los días. Como un padre
que olvidó hace tiempo el rostro
de los hijos muertos. Y ahora
los recuerda. Y ahora vuelve
a olvidarlos, unos pocos
kilómetros más allá
Olvidados para siempre...
Cuántos años hace de esto.
O cuántos faltan para esto
que hace un momento viví
por los caminos –ojú,
que frío- de Andalucía.
Ya no puedo decir que un escalofrío recorre mi espalda al escuchar la noticia o al leer las cínicas notas que el panfleto semanal del presidente publicará este domingo. Yo no es solo un escalofrío: es horror. Un horror que me causa náusea, pánico y me hace sentir más sucia que si 15 enemigos me violaran en tiempo de guerra.
Y sigo trabajando, con arrugas más profundas en el entrecejo y gastritis, pero sigo allí, soportanto el activismo verde a mi alrededor, en silencio, traidora de la vida misma, prostituta, gusana.
Es horrible mirarse a uno mismo avalar la celebración del Día de la Mordaza con el trabajo que se sigue haciendo, callando, mirando a otro lugar, tratando de hallar un rayito de luz entre líneas, pensando que quizá alguien más sigue allí trabajando en silencio, sufridamente, avergonzado... Quizá, solo quizá, no estás tan sola...
La mañana allá afuera es un tanto fría, al menos más fría de lo que debería para un julio quiteño. Cada vez que abren la puerta que sale al patio, una brisa atraviesa el temperado ambiente de la piscina cubierta y, si te atrapa fuera del agua, te hará temblar un poco.
Tomo con mis manos las tubos de soporte y empiezo a subir perezosamente las escaleras para salir del agua al ver correr a mis hijos por sus toallas. Me hundo en el agua una última vez y, al abrir los ojos después del chapuzón y mientras salgo de la piscina, me topo de ojos no exactamente a boca con un instante-musa sin duda.
La piernas fuertes del instructor chorreantes de agua tibia y sus muslos aprisionados hasta la mitad en su traje de nadador de lycra, que, pesado por el agua se ha deslizado levemente por sus caderas hasta dejar ver el sutil encanto de una mínima franja de vello púbico que empieza a empuntar tras haber sido rasurado... La puerta se abre. Él mueve sus piernas y las gotas bailan al son del temblorcito... Y yo, por aquel instante-musa, pienso que sería genial que mi mejor amiga tuviera una aventura sexual con él...